En lo alto de una montaña llena de flores silvestres, vivía una cabrita juguetona llamada Silvia. Le encantaba saltar entre las rocas y cantar con su vocecita clara.
Un día, mientras paseaba cerca de un gran acantilado, Silvia gritó: «¡Hola!». Al instante, una voz idéntica le respondió desde lejos: «¡Hola!». Sorprendida, Silvia preguntó: «¿Quién eres?». La voz repitió: «¿Quién eres?». ¡Era el eco!
Silvia se enfadó un poco. «¡No copies!», dijo. «¡No copies!», contestó el eco. La cabrita, frustrada, se sentó. De pronto, vio a un pequeño pajarito que parecía perdido, piando tristemente. Entonces, a Silvia se le ocurrió una idea.
Se acercó al acantilado y cantó con dulzura: «¡Pío, pío!». El eco llevó su canción lejos, a través del valle. El pajarito, al oírla, respondió y voló hacia el sonido, encontrando a su mamá. Luego, Silvia gritó: «¡Vamos a jugar!». El eco esparció la invitación, y pronto otros animalitos del bosque se acercaron, atraídos por la voz amistosa.
Silvia comprendió que el eco no era para molestarla, sino para multiplicar sus palabras. Si decía cosas amables, el eco las esparcía y traía alegría. Si decía cosas enojadas, solo devolvía enojo. Aprendió que nuestras palabras, como el sonido en la montaña, se reflejan en el mundo.
Desde entonces, Silvia usa el eco para llamar a sus amigos y ayudar a quien parece perdido. La montaña ya no guarda silencio, sino que repite risas y canciones, recordando a todos el poder de una voz tierna.