Leo amaba explorar los senderos de la montaña cerca de su casa. Un día, mientras caminaba por un cañón estrecho, gritó con alegría: ¡Hola! Al instante, una voz idéntica le respondió desde las rocas: ¡Hola!
Se sorprendió. ¿Quién eres?, preguntó. La voz repitió: ¿Quién eres? Leo se sintió un poco confundido. La voz parecía burlona, pero no había nadie a la vista. Decidió hacer un experimento. Susurró: Eres amable. Y la montaña susurró de vuelta: Eres amable. Sonrió. Luego, probó con un gruñido: ¡Bah! La montaña le devolvió el mismo gruñido.
Su abuelo, que era guía, le explicó más tarde: Es el eco, Leo. El sonido viaja, choca contra las paredes de roca y vuelve a ti, como una pelota que rebota. No es una persona, es la física de la montaña. Leo comprendió. El eco no inventaba nada, solo devolvía lo que él enviaba.
Al día siguiente, Leo volvió al cañón. Esta vez, llenó el aire con palabras alegres y canciones. La montaña se transformó en un coro amistoso que repetía su felicidad. Leo aprendió que, así como el eco devuelve el sonido, nuestras actitudes y palabras a menudo vuelven a nosotros en la forma en que tratamos a los demás.