En el Bosque Encantado, vivía un grillo llamado Gustavo.

Un día, mientras olía una flor brillante, estornudó: «¡Achís!». De su hocico salió un polvillo dorado que hizo que la flor se volviera gigante, ¡más grande que él!
Gustavo se rió mucho. Decidió gastar una broma a su amiga la mariquita Pilar.

Se escondió y, cuando ella pasó, estornudó. «¡Achís!». ¡Pilar se hizo tan grande como una seta! No podía volar y empezó a llorar.

Gustavo se sintió muy mal. No quería hacer llorar a su amiga. Con otro estornudo, la devolvió a su tamaño normal. —Lo siento, Pilar—, dijo. —No estuvo bien de mi parte. ¿Puedo ayudarte en algo para compensarte?
Pilar, que ya no estaba triste, le pidió ayuda para alcanzar unas hojas altísimas para su almuerzo.

Gustavo estornudó sobre las hojas y estas bajaron hasta ellas.
Después, ayudó a un caracol a cruzar un charco grande haciéndolo momentáneamente más alto.
Gustavo se dio cuenta de que se sentía mucho mejor siendo amable y ayudando, que haciendo bromas pesadas.

Su magia era para hacer el bien.